manosucia
se queja por la-libertad.
Lo despertó el candente vaho de la lluvia cayendo sobre el asfalto. Estaba tendido mojándose cada vez con mayor intensidad, era de noche y hacía frío, la ciudad parecía desolada, los automóviles aparcados en las orillas de los andenes lucían despojados de vida, manchados de polvo y finísima brisa. Pocos faroles continuaban aún funcionando en medio de la madrugada ya muerta por la llegada del imponente astro rey. El hombre se levantó torpe y caminó sin rumbo fijo, la ciudad era inmensa, en su forma olvidada se reconocía el desorden de las estructuras, dualidades absurdas que desvanecían sus facciones.
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