septiembre 28, 2008

Sexta manosucia

A un amigo que el cielo nocturno

En su extensión no ve.


Palomino.


Descendiendo,

como si una mano

misteriosa las sostuviese,

un par de palomas

se posaron con gracia

sobre un patio hirviente

a comer migajas que alguien arrojaba.

Sin saber por qué razón ahí estaba

se alimentaban de esperanzas pasadas

de aquel hombre que con gusto las miraba

con anhelo de fuga y un batir de alas.

Las palomas,

que al mismo son caminaban

movían sus cuellos como olas de playa

y atravesando los pies que irse querían

comían del suelo en el que hombres dormían.

¿Cuántas noches y cuántos días

habrán soñado que como palomas volarían,

que como almas sólo un hálito los sostendría

y a la calle por un céfiro llegarían?

Y rompiendo,

con las leyes que a los hombres atan

las dos palomas ágiles se levantan

y van a las cornisas grises y sucias de olvidados días

aleteando hacia la gloria donde el saber sonoro canta

acercándose al sol que a lo lejos brilla

y hacia el ancho cielo que las cobija

lejos del hombre y su ignominia basta.

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