A un amigo que el cielo nocturno
En su extensión no ve.
Palomino.
Descendiendo,
como si una mano
misteriosa las sostuviese,
un par de palomas
se posaron con gracia
sobre un patio hirviente
a comer migajas que alguien arrojaba.
Sin saber por qué razón ahí estaba
se alimentaban de esperanzas pasadas
de aquel hombre que con gusto las miraba
con anhelo de fuga y un batir de alas.
Las palomas,
que al mismo son caminaban
movían sus cuellos como olas de playa
y atravesando los pies que irse querían
comían del suelo en el que hombres dormían.
¿Cuántas noches y cuántos días
habrán soñado que como palomas volarían,
que como almas sólo un hálito los sostendría
y a la calle por un céfiro llegarían?
Y rompiendo,
con las leyes que a los hombres atan
las dos palomas ágiles se levantan
y van a las cornisas grises y sucias de olvidados días
aleteando hacia la gloria donde el saber sonoro canta
acercándose al sol que a lo lejos brilla
y hacia el ancho cielo que las cobija
lejos del hombre y su ignominia basta.
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