enero 06, 2009

Decima manosucia

Constancia no habitual. Numero diez. Otrora sagrado, acaso no importe mucho cuando de escribir algo se trata, cuando se trata de escribir como se cree libros, nuevas biblias, dogmas en los cuales creer por miedo a perecer bajo el tormentoso valle de la realidad, donde se vive cercano, que ironía, a la podredumbre y al amor infernal que parió las esperanzas y las egolatrias de un destino que se hace pero se supone de suyo se tiene. ¿Dónde buscar respuestas a preguntas no hechas?¿Dónde está la discidencia del panadero, del tendero, del cantinero? Y claro, hay que vivir, pero vivir sin acumular hasta el sociego que llega con la muerte, de qué sirve si la tierra no distingue los siglos y las lumbres de la razón que nos dió el valor del oro y el tiempo, nos creó un paraiso que más bien parece un infierno llegar a él, condenando, señalando, sometiendo. Y ante eso qué queda, nada, y volvemos a la misma recalcitrancía, tirarle agua al ministro, un huevo al asesor, los zapatos a la estupidez como instrumentos de persuación de la dignidad. Por que la dignidad no se compra en un supermercado y si eso es todo, con ello se luchará, aunque más bien todo parezca nada. Tras eso que más. Quedan los ojos quedos y mustíos bajo el decadente descender de las sobras vivas por la llama de la vela que muere cuando el día llega. Y aparece el silencio como un amasijo del eco y de la palabra humana, como conciencia de qué es lo que se está realmente considerado al hacerlo, como fenómeno físico cuantificado en tiempo y espacio que no son en sí, sino en uno mismo. Como la música, ente inmaterial primigenio que habita en todas las cosas, en todo cuanto persiste aún a la memoria de los seres humanos. ¿Cuándo la producción a la tierra devolverá lo que ha hecho de si mismas eternidades de dióxido y lucro constante?¿qué se sabe del crudo y de la cruda realidad que darnos de comer a diarío hacen?¿Qué misteriosa sombra pondrá punto final a estas disquiciones, peroratas, ignominias del cotidiano desengaño? esa es nuestra angustia, el descalabro de la soledad que nos cae a todos como una lluvia de la que no hay escampadero.

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