enero 13, 2009

Decimosegunda manosucia

Tres puntos suspensivos. martes trece. Creo. Creo creer. Creo que creo. Divagaciones. Insania mental. Trabajar cuarenta años para terminar días aciagos frente a una pared que escucha sin balbucear y es testigo de las defecaciones que no se pueden resolver por voluntad sino por una enfermera que cuida de los últimos días de manosucias otrora reales. Trabajar para morir en una casa de retiro. Alejado de las circunstancias. Cegado a la realidad. ¿Qué importancia tiene? ¿Qué valor le queda al hombre frente a la inutilidad? ¿Recuerdos? ¿Nostalgías? ¿Quejas constantes de agilidades perdidas? ¿De facultades desperdiciadas? Es mejor morir. Cancerigenaesenciaagolpadaenrecuerdosrotosdenochesolvidadas que presencian desvanecimientos en las aguas sucias de los ríos de los que con ahínco las manosucias beben, y beben y vuelven a beber, como si el tronar de las campanas anunciara muertes por contaminación, por calefacción, por inmersión. Vivir así para qué. Y claro, existir importa, los placeres lo sustentarían, pero el sentido, el sentido que, dónde queda la importancia de los actos que sustentan el sueño nocturno. manosucia no duerme, no descansa y no halla respuestas, todo cruje, se retuerce como un gusano fuera de la tierra, fuera del cadaver que pretende transformar. Modificar, cambiar por medio de la muerte, de los olores comnunes mezclados con Co2 y la esperanza de encontrar calma en las verdes montañas que desde el armoníoso valle se ven. Peroratas de días que pierden su importancia cuando se les piensa, mentiras que construyen las verdades que nos fundamentan. manosucia no lo entiende, y no hace nada por entenderlo, vacuidad aletargada frente al binarismo que no comprendemos y del que por entero dependemos. manosucia. década. Cercano a la muerte, con todo por hacer, sin ganas de irme, sin ganas de quedarme.

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