enero 11, 2009

Decimoprimer manosucia

Todo hierve como flameante lava negra. Manosucia no sabía díez años atras lo que díez años después pasaría. Nada. ¿nada qué? Nada nada. Nada de nada. Nada por nada. Nada que nada, que te ahogas, que tu tiempo se va como el río que revuelca las esperanzas de los que lleva lecho abajo, como los aguandales y los humedales en los que se convierten las riveras y riberas pobladas por el forzado desplazamiento de animales, vegetación y personas de los que tantos analistas seriamente se preocupan y al final de cada año entregan su consolidado de porcentajes, cifras y resultados que según todo aquello que se hace -de cualquiera de las maneras- sirve para comprender el problema y concientizar lo inconcientizable. Nada como el nado, nada como la nada, nada como hacer nada, nada como escribir la palabra nada y arrebatarle todo su sentido, toda su carga conceptual y convertirla en un modismo, en un mero decir de palabras amontonadas y sin sentido, en eso, en nada nada nada nada nada nada nada nada nadanadanadanadanadanadanadanadanadana da na da na da na da na da na da na da na da na da na da na da na da na dana da nada nada nadana da nadana da nada nada nada nada nada nada nada.
Trivializada la palabra, despojada de la carga que los Aqueos de largas grebas le correspondían como correlato, ¿Qué buscar y en dónde hallar el sentido original de la palabra misma? Y no se trata de llevar a cabo ridiculos esfuerzos para decir que se intentó. No. no. Se trata de fundamentar el acto del acontecer, de buscarlo y reconocerlo, aprender a ver, formar en el saber, sin temores, sin restricciones. Pero claro, mucho se puede hablar y más todavía mentalmente dialogar, pero pensar es un ejercicio intelectual que poco se lleva a cabo conduciendonos a la nada, al concepto perdido, agotado, biselado, troquelado, extasiado, torpediado, robado, inutilizado, ridiculizado, desechado, ignorado, olvidado de la nada y al temblar de manos frente a lo absurdo que nos consume sonrientes deseando, idealizando, soñando vidas entregadas a la pasividad constante de un hacer que no lleva nada a cabo por la pasividad del medio que envuelve el decir como un hacer de falacias que toleramos hasta lo imposible huyendole a la soledad, a la bella y tierna, lacerante y cruda soledad. ¿De qué temer señores del olvido?¿En qué sin-sentido creer? Si no queda nada y las palabras pierden su sentido en la cotidianeidad del hacer que no hace, y no hay voluntad más que la de un borrego tras un perro ¿En qué voluntad confiar, qué fe las esperanzas guiará?

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