enero 31, 2009

Decimosexta manosucia

Hace varios años ya -que facilidad la del tiempo para sorprendernos en medio de nuestras esperanzas y arrasar con todo- pensaba que el mundo se acabaría un martes. Recuerdo que fué una mañana de martes en que recién abria mis ojos al mundo que ya me esperaba para producir cuando llegó a mi la leve impresión de un fin no tan lejano para distraernos ni tan cercano para estallarnos. El mundo se acaba un martes. Hoy más que nunca lo se. No se trataba entonces de un fin producido por cataclismos en la "ribera de la noche plutónica" ni se trata de ello ahora. Se trata de un fin para el mundo, no para la tierra, de un fin que cae con gracia sobre cada una de nuestras conciencias sepultándolas, aplacándolas, ignorándolas, matándolas. Y se trata de un fin que permanecerá sin permanecer, que arrasará todo con la brevedad de las sutiles pestes que se incuban y no destruyen a su portador por que necesitan garantizar su existencia como plagas. Estará ahí, está aquí, desde hace mucho y día tras día las mentes sucumben ante sus síntomas sin conocer sus causas.

Aún "Creo que soy una visión de algo o alguien, o soy más que lo que realmente pienso ser. A véces me pregunto si realmente estoy vivo, o es que simplemente ya morí y mi vida de sueño prosigue con un ir y venir casi perfecto y eterno.
El techo ahora negro por las penumbras que recreo con mis cortinas, en el espacio vital en que vivo, se muestra ante mí esquivo y más que nunca egoísta. Algo suena dentro de mí al mover las articulaciones, creo que es el dolor de saber que se me oxida cada partícula de energía vital que impulsaba cualquier clase de movimiento, me siento, respiro de nuevo, me transformo en el pasado que aún revolotea en mi estómago y que jamás, ni muerto se va a ir, así sea lo que yo más quiera. Me veo abandonado en mi iglesia, ante mi templo, con mis libros y el colchón sobre el suelo, me pierdo en mi misma intriga, quedo perplejo ante tanta belleza, ante lo que mi propio espacio me puede brindar. Me convierto en un idiota con en el sonido de la cobija cubriendo mi cuerpo, es un sonido bastante extraño, no se podría definir, pero se parece mucho al que provoca el viento sobre el campo. Igual es otro sonido sin nombre, el mundo vive lleno de esto, de cosas sin nombre en apariencia con nombre, nada más superficial que las cosas que esperan una mentira que al pasar de los años y el tiempo, se vuelvan verdades por tanta absurda y constante repetición.

Sigo, camino, no me detengo, voy con un ritmo ensordecedor, veo aparecer rostros frente a mí para ser destrozados por una mano que se pasa constantemente por encima de todos para tratar de despertarnos de este sueño en el que vivimos constantemente. Golpe tras golpe me reconstruyo, me desheredo, pero me enriquezco con la poca sabiduría que queda capaz de engendrar en mi energías que subyacen y a la vez sustituyen los gritos del viento encontrado, la calma de un ave es transformada bajo los cielos azules por un lapicero que no deja de dibujar las lágrimas de sangre que caen de él. Las promesas se rompen, los delitos también, la calma se abandona al compás de una pequeña sinfonía que tus ojos tratan de recobrar a la medida del mar inmensamente poblado de cada uno de los constantes recuerdos."

El mundo se acaba el martes. Bogotá 2001

No hay comentarios: